Uno
Dejamos Puebla después de comer en el restaurante de la universidad. Fiel a su costumbre, Agustín va volado, casi como niño con juguete nuevo, al volante del passat negro que no es nuevo pero, dice, corre como si lo fuera. De camino aprovechamos para hablar de varios proyectos, de varias reuniones que no hemos tenido. Me pide mi opinión y vamos discutiendo cosas interesantes. Se acerca la noche cuando entramos al df, como de costumbre a vuelta de rueda. Pasamos junto al distribuidor vial, impresionante, con la esperanza de que pronto esté completo y la entrada y la salida fluyan. Ya cerca del centro, llegamos al eje central. Del lado derecho la banqueta está vacía, como efectivamente creo que nunca había visto. Del lado izquierdo los puestos parecen encimarse unos sobre otros. Se alcanza a escuchar la música estruendosa, la gente va y viene. Unos salen de la estación del metro como de una boca gigante y otros se internan en ella. Se ve de todo. Enfrente de nosotros, el tráfico otra vez parece no avanzar. A la extrema izquierda viene el trolebús en sentido contrario al nuestro. Agustín me dice que está muy cansado y que ya quiere llegar al hotel para descansar un rato. Es de noche y brillan las luces de los carros, que todo lo inundan.
Dos
Primera vez que me quedo en un Sheraton. De broma le decía a Agustín que lo único que esperaba es que no me fuera a llevar al hotel de Fabiruchis... y me moría de la risa. En el front desk anuncian los precios: 360 dólares por una noche. Así, en dólares. El elevador es rapidísimo. Jesús se baja en el piso 17 y nosotros nos vamos hasta el último, el 27, hasta allá nos tocó. Allá abajo se ven las luces de la metrópoli que todo lo llenan. Acá adentro, todo está impecable, excepto la tele que no prende. Hay letreros que dicen que el agua está purificada, que uno puede tomarla con toda confianza. De cualquier manera, por si se ofrece, ponen una botella de litro y medio de Agua Santa María y otra de Evian. Una cuesta sesenta pesos y la otra setenta y cinco. Abajo, en el seven eleven que está a media cuadra, probablemente cuesten alrededor de diez pesos cada una. No lo puedo creer, pero aquí estoy.
Tres
Semana y media después estoy de regreso en el centro histórico del df, exactamente por la misma zona. Ahora me vine en autobús y me bajo en el metro. Después de comprar dos boletos, me subo al tren. Es un poco antes de las once de la mañana y la gente parece cansada, hastiada, aburrida. El vagón en el que me subí está francamente feo: el piso maltratado, las ventanas con rayones (qué ganas de joder y ponerse a hacerlo, supongo que por puro placer) y las luces no prenden bien. No es ya hora pico y no vamos como cigarros en cajetilla, pero va lleno. En la siguiente puerta un cuate prende su reproductor de cidís y la bocina que trae en la mochila suena a todo volumen. Vende los grandes éxitos de la salsa o de los boleros, no me acuerdo bien. Volteo y veo que varios le compran. Le pasan el dinero a través de varios usuarios del metro y de regreso va el cidí, en formato normal. En la siguiente estación se va al vagón contiguo y con nosotros se sube otro cuate, vendiendo videos que enseña en un reproductor portátil, levantando las manos. No alcanzo a ver si alguien le compra pero me digo, qué chinga moverse todos los días así y soportar que te quieran vender discos, agujas, libros para colorear, chicles, cualquier cosa. Así es la vida real. Siento de pronto que desentono allí. Cada quién va metido en su mundo, enfrascado en su preocupación del momento, elaborando su propio pensamiento o soñando, literalmente, su propio sueño entre cabeceadas. Me veo en el espejo con mi traje gris de lana, nada del otro mundo pero con buen corte, mi camisa azul, corbata azul de seda coreana y zapatos bien boleados. ¿De dónde soy? ¿A dónde pertenezco? ¿Qué tengo en común con quienes, anónimos, viajan conmigo?
Me bajo en Salto del Agua y salgo a la superficie. Recuerdo la cantidad de veces que he caminado por aquí, sobre eje central rumbo a bellas artes. Lo dicho, los puestos están casi uno sobre otro, mayormente de discos compactos, videos porno, películas pirata, zapatos, cinturones y un montón de cosas que me llaman la atención pero no alcanzo ni a ver. De vez en vez camino un poco y me pongo a ver algo y luego sigo. Veo unos zapatos en una zapatería y me meto a preguntar me convencen y pido que me traigan el par. Antes de que llegue el vendedor, sin embargo, veo que me queda poco tiempo y le digo a otra empleada del lugar que luego regreso, que el señor ya se tardó y que tengo una junta, lo que es cierto. Ya no regreso en la tarde, pues salgo de prisa.
Me voy directo al lugar de la presentación de la infancia cuenta. Es interesante aunque siento en el aire una suerte de espíritu oenegenero que no alcanzo a definir y que me inquieta, y al que en más de una ocasión le he, por así decirlo, declarado la guerra. Me molesta que son demasiados o puros reclamos, a la mejor ya me estoy haciendo viejo, y nada de propuesta. Coincido con Emilio en que el asunto de la educación no es de cobertura ni de montos de inversión, al menos no solamente. Hay que preguntarnos por la calidad. Divago un rato y pienso cómo enseñar a los niños, a nuestros niños, la participación, el respeto, la democracia. Menuda tarea. Me gustaría escuchar las denuncias y al mismo tiempo la propuesta. Me encantaría que supervisen y fiscalicen el gasto del gobierno pero también que las organizaciones evalúen su trabajo y se hagan la indispensable autocrítica... no sé si es un sueño, pero es mío.
A mi lado un cuate a quien no conozco está de pie, el auditorio está más que lleno, con un saco que parece que bajó de un tapiz, de tan colorido. Veo a mi amiga Paty que hacía años que no veía y nos saludamos de lejos, sabiendo de antemano que al final no podré platicar con ella como me gustaría. Me acerco a Emilio, por mucho el orador más articulado e interesante del día, y me saluda con un abrazo y su típico qué onda contigo, cabrón. Me dice que estoy peor que él, queriendo decir que voy más trajeado. Bromeamos y le pregunto por un amigo común mientras le doy mi tarjeta y él me da la suya, en braille. Me voy corriendo a platicar y tomar una coca zero con la persona que quedé de verme.
La vida, ya lo sabía, es correr de aquí para allá.
1 comentario:
será ese toque de rebeldía a lo marista a lo antigüo? que te hace describir tu experiencia de esa forma tan natural que se contagia y parece que uno está ahí? gracias y ojalá siga escribiendo, es una forma de experimentar y encuadror los pasos propios
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