viernes, 19 de octubre de 2007

Minutario de viernes por la tarde

De nuevo me pregunto qué escribir cuando aparentemente no hay nada nuevo, nada llamativo, nada extraordinario, sólo rutina. Aquí estoy, viernes en la tarde después de un examen profesional de psicología. Me vine a Cholula, mi pueblo adoptivo. Primero me metí al blockbuster y escogí, con cierta duda, un par de películas para el fin de semana. Ya veremos qué tal tino tuve, porque me guié solamente por lo que dice el papelito de afuera. Luego me metí al starbucks (¡qué horror! pensaría en otros momentos de militancia antineoliberal; hoy pienso que así es la vida: en los negocios, prospera el que da buen servicio y el que sabe lo que quiere. Y, también, uno entra a estos lugares porque quiere) y pedí un latte de vainilla y le puse un sobre de azúcar mascabado para endulzarlo un poco. Maravillas de la tecnología, hablé primero con mi hermano Felipe, de mi computadora a su celular en California, y pagué veinte centavos de dólar por diez o doce minutos que hablamos. Qué vergüenza lo que nos cobran Slim y demás estafadores por un servicio tan deficiente en el teléfono acá en México. Luego hablé con Laura, también a través del skype, a México. Tenemos pendiente el cierre de una asesoría y todavía no nos confirman la fecha que en principio acordamos. Se supone que después me pondría a escribir los textos que toda la semana estuve rehuyendo o posponiendo por otras cosas. Pero antes de hacerlo me digo que tengo que escribir algo. Y aquí estoy. Hace un rato quité la canastilla al chevy azul y la llevé con el herrero de enfrente de mi casa. Desde hace tanto lo había pensado y hasta hoy, después de comer, me decidí a hacerlo. Me dijo que sí podía soldar el metal. Acordamos que reforzaría las uniones con soldadura y pondría un travesaño firme, sobre el que colocaría el skewer, creo que así se dice el aparatejo que sostiene la bicicleta a presión. Y que también pintaría toda la canastilla para que no se siga oxidando. En ella me voy a llevar mi bici pasado mañana, domingo por la mañana, a la popobike. Antes, mañana sábado, le pienso dedicar un tiempo a lavarla para quitar la tierra de mi subida de ayer al zapotecas, llenar bien las llantas de aire y, por supuesto, lubricar suficientemente la cadena. Pensaba el otro día que es ya casi, después de un año o poco más de haberla comprado, otra bicicleta. En este tiempo le he cambiado la multiplicación, cadena, desviador trasero, cassette, mazas, rin trasero, más de la mitad de los rayos, además del asiento y los puños esta semana. Sin olvidar que le agregué la mochila portaherramientas de abajo del asiento, una bomba para inflar las llantas, los pedales de contacto y los cuernitos que van en los extremos del manubrio. Toda una inversión que, estoy seguro, bien vale la pena. El domingo lo volveré al comprobar. Ya me siento emocionado de saberme subiendo por la carretera en la primera parte del recorrido. Y sobre todo, llegar a la parte arbolada y oler la humedad de la tierra y sentir el viento que corre entre las hojas y las hace mover. En la soledad interminable del bosque. Así será.

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