jueves, 25 de octubre de 2007

Fernando

Hoy hace siete años naciste. Lo recuerdo como si fuera ayer. Como tantas veces, con mamá recordábamos esta mañana cómo nos preparamos, con una mezcla de susto, emoción y ansiedad, para irnos al hospital. El recuerdo de la noche anterior estaba fresco, de cómo te habíamos visto por última vez en el ultrasonido y cómo el radiólogo nos dijo que traías el cordón umbilical alrededor del cuello, y que nos recomendaba no espera más e irnos directos a la cesárea para mayor seguridad. Tanto que habíamos soñado, mamá especialmente, con un parto natural, y de repente todo cambiaba.
Ya en el hospital, allí estabas negándote a salir fácilmente. Para mí fue impresionante estar presente, junto a mamá, para verte al nacer. Recuerdo cómo te empujaron los médicos, presionando el vientre de mamá, para que por fin salieras. Saliste cubierto de blanco e inmediatamente arrancaste a llorar. Ya después de que te limpiaron, envuelto en una pequeña cobija, te tomé entre mis brazos y te acerqué a mamá. Juntos lloramos por primera vez, de emoción, de alegría, de agradecimiento. De sabernos, mamá y yo, bendecidos por tu llegada desde que tuvimos noticias tuyas.
Qué rápido pasa el tiempo. Sólo algunos recuerdos, como ráfagas: tu bautizo en Momoxpan y cómo Xel te levantó en sus brazos, como ofreciéndote a Dios, con los peregrinos de Chiapas como atentos testigos. Tus primeros pasos en san Cristóbal y cómo me parecía imposible que un día te levantaras y enderezaras y empezaras a caminar. Y cómo lo hiciste, maravillosamente. No se me olvidan tus despertadas en la madrugada, casi siempre a las tres en punto, para mamar. Y cómo me quedaba yo despierto, después de hacerte eructar y dormirte, a estudiar, con frío pero gozando el silencio. Tu emoción por acercarte a los libros en el pequeño sol y todas las noches en que me pedías que te leyera un cuento para poder dormirte, y cómo yo quería hacer trampa brincando páginas para acabar más pronto, y tú te dabas cuenta y hacías que me devolviera.
Llevo también en mi corazón los episodios dolorosos, como el día en que, en jazmines, me descuidé un instante y pisaste la boca de una cisterna en construcción que irresponsablemente habían tapado con un plástico y fuiste a dar hasta el fondo. Recuerdo mi desesperación y mi frustración, mi coraje, y cómo brinqué para alcanzarte y abrazarte en tu angustia y tu llanto. Era el día del padre y recuerdo cómo le decía unos días después a un amigo muy querido: ése ha sido el peor día de mi vida. Vino después aquel día, de mi cumpleaños treinta y siete. Habíamos comido pozole, delicioso, y pasado un día muy agradable alrededor de la mesa. Luego nos fuimos, casi anocheciendo, a conseguir un garrafón de agua. Al llegar a la tienda, voletamos para atrás y estabas en plena convulsión, tieso, temblando, con los ojos idos. Nos arrancamos al hospital y pasamos horas de angustia. Pensaba yo mientras te cargaba en los pasillos, que por qué a ti, por qué a nosotros, por qué tenía que ser precisamente cuando más amolados estábamos económicamente. Volteaba y veía el dolor de otras gentes que allí estaban esperando a sus hijos, y entendí un poquito que el dolor es parte de nuestras vidas, que el amor duele, que el ser padre, y tú dirás seguramente que el ser hijo también, duele.
Hoy te miro dormir con una paz que me da envidia y me alegro que así sea. Veo tu rostro de perfil y tu respiración a compasada y me digo y le digo a mamá, como tantas veces, cómo has crecido. Me quedo en silencio porque, definitivamente, vivir la vida contigo ha sido y es, cada día, una amorosa y apasionante aventura.

No hay comentarios.: