Hoy hace siete años naciste. Lo recuerdo como si fuera ayer. Como tantas veces, con mamá recordábamos esta mañana cómo nos preparamos, con una mezcla de susto, emoción y ansiedad, para irnos al hospital. El recuerdo de la noche anterior estaba fresco, de cómo te habíamos visto por última vez en el ultrasonido y cómo el radiólogo nos dijo que traías el cordón umbilical alrededor del cuello, y que nos recomendaba no espera más e irnos directos a la cesárea para mayor seguridad. Tanto que habíamos soñado, mamá especialmente, con un parto natural, y de repente todo cambiaba.
Ya en el hospital, allí estabas negándote a salir fácilmente. Para mí fue impresionante estar presente, junto a mamá, para verte al nacer. Recuerdo cómo te empujaron los médicos, presionando el vientre de mamá, para que por fin salieras. Saliste cubierto de blanco e inmediatamente arrancaste a llorar. Ya después de que te limpiaron, envuelto en una pequeña cobija, te tomé entre mis brazos y te acerqué a mamá. Juntos lloramos por primera vez, de emoción, de alegría, de agradecimiento. De sabernos, mamá y yo, bendecidos por tu llegada desde que tuvimos noticias tuyas.
Qué rápido pasa el tiempo. Sólo algunos recuerdos, como ráfagas: tu bautizo en Momoxpan y cómo Xel te levantó en sus brazos, como ofreciéndote a Dios, con los peregrinos de Chiapas como atentos testigos. Tus primeros pasos en san Cristóbal y cómo me parecía imposible que un día te levantaras y enderezaras y empezaras a caminar. Y cómo lo hiciste, maravillosamente. No se me olvidan tus despertadas en la madrugada, casi siempre a las tres en punto, para mamar. Y cómo me quedaba yo despierto, después de hacerte eructar y dormirte, a estudiar, con frío pero gozando el silencio. Tu emoción por acercarte a los libros en el pequeño sol y todas las noches en que me pedías que te leyera un cuento para poder dormirte, y cómo yo quería hacer trampa brincando páginas para acabar más pronto, y tú te dabas cuenta y hacías que me devolviera.
Llevo también en mi corazón los episodios dolorosos, como el día en que, en jazmines, me descuidé un instante y pisaste la boca de una cisterna en construcción que irresponsablemente habían tapado con un plástico y fuiste a dar hasta el fondo. Recuerdo mi desesperación y mi frustración, mi coraje, y cómo brinqué para alcanzarte y abrazarte en tu angustia y tu llanto. Era el día del padre y recuerdo cómo le decía unos días después a un amigo muy querido: ése ha sido el peor día de mi vida. Vino después aquel día, de mi cumpleaños treinta y siete. Habíamos comido pozole, delicioso, y pasado un día muy agradable alrededor de la mesa. Luego nos fuimos, casi anocheciendo, a conseguir un garrafón de agua. Al llegar a la tienda, voletamos para atrás y estabas en plena convulsión, tieso, temblando, con los ojos idos. Nos arrancamos al hospital y pasamos horas de angustia. Pensaba yo mientras te cargaba en los pasillos, que por qué a ti, por qué a nosotros, por qué tenía que ser precisamente cuando más amolados estábamos económicamente. Volteaba y veía el dolor de otras gentes que allí estaban esperando a sus hijos, y entendí un poquito que el dolor es parte de nuestras vidas, que el amor duele, que el ser padre, y tú dirás seguramente que el ser hijo también, duele.
Hoy te miro dormir con una paz que me da envidia y me alegro que así sea. Veo tu rostro de perfil y tu respiración a compasada y me digo y le digo a mamá, como tantas veces, cómo has crecido. Me quedo en silencio porque, definitivamente, vivir la vida contigo ha sido y es, cada día, una amorosa y apasionante aventura.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario