jueves, 30 de agosto de 2007

Ya son cuarenta

Así es. Desde hoy puedo decir que tengo cuarenta años. Pensaba levantarme temprano para, al irse mis hijos a la escuela, darme una vuelta en la bici por el cerro, pero tenía mucho sueño y hacía mucho frío, así que decidí regresarme a la cama para medio dormitar y medio oír las noticias. Me rasuré y me bañé, escogí la corbata que me pondría y mientras desayunaba eché una rápida ojeada a mis fotos antiguas. Cuántos recuerdos. Cuántos momentos en que ni me imaginaba cómo sería mi vida, qué haría, dónde estaría, ni con quién. Mientras caminaba me seguía acordando de la presentación del libro de ayer, en el Parián. La extraordinaria sencillez de la vida que se adivina en el relato de tres mujeres comunes y corrientes, sus búsquedas, sus amores y sus desengaños, sus compromisos, y sobre todo sus ganas de vivir. De verdad, pensaba ayer mientras escuchaba fragmentos de sus historias, escribir es un acto de amor, sobre todo de amor a uno mismo, pero sobre eso escribiré más delante, me lo prometo. Salí de mi casa y por una vez decidí no correr a la esquina, para ganarle al camión, y me fui despacio, sin prisa. Ya sentado abrí mi libro y seguí releyendo cien años de soledad. La primera vez lo hice por instinto, por casualidad, hace unos veinticuatro años, en Querétaro, seguramente porque recién le habían dado el nóbel y su nombre me sonó. Ahora decidí que tenía que volver a deleitarme con la magia del Gabo. Y no me arrepiento. Mi bici, por hoy, puede esperarme para mañana.

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