lunes, 13 de agosto de 2007

Reflexiones nocturnas

Es de noche y no puedo dormir. No porque no quiera, a pesar de que algunas cosas me preocupan: recién llegaron los becarios de la sierra y algunos no tienen todavía su horario de clases por algún escollo administrativo. Además, mañana, mejor dicho hoy, inicio un nuevo semestre con mi curso de métodos cualitativos en la universidad. Y aunque es ya la novena vez que lo doy (¡cómo pasa el tiempo!), no dejo de sentir un poco de ansiedad, aunque ya tengo lista la guía, las lecturas, la propuesta de evaluación, todo...
En realidad no duermo porque los vecinos de enfrente, diría mi madre, se lucen. Desde que regresamos de comer con mis suegros, en la tarde, estaban bebiendo y escuchando música afuera de la casa de uno de ellos, justo frente a la nuestra. Un poco antes de las nueve supongo que se les acabó el parque porque salieron despavoridos, ya regresarían después. En ese momento se pudo consumar la rutina nocturna de mis hijos: cenar, piyamas, lavar dientes, medicina, leer, despedidas, dormir. Pero un rato después estaban de regreso, tal pareciera que con renovados bríos: música de banda a todo volumen, botellas y más invitados. Sabía que su pachanga se prolongaría, aunque sea domingo en la noche. Y lo peor es que ni cómo ni con quién quejarse, ni para qué: son policías federales.
Decido tragarme la impotencia y no hacerme mala sangre y mejor tomo mi libro del buró. Es la trilogía del carnaval, de Pitol, que no he podido terminar desde hace tiempo. Me faltan unas páginas y concluyo la segunda novela del libro, "domar a la divina garza", con un estilo muy peculiar y unas aventuras sacadas como de la antiaventura, casi inverosímiles pero muy bien narradas. Sigo con "la vida conyugal", que me gusta mucho más y me hace pensar en la complejidad del amor y del ser humano, los celos, la pasión, las locuras y las sandeces cotidianas. Al leerla voy de la risa a la consternación, a la compasión, una y otra vez. Valió la pena leerlo, pero mis vecinos siguen, literalmente, en su pedo. De repente suben la voz y me acerco a la ventana. Uno avienta al otro y le dice, bastante borracho, que "comigo te vas a hacer hombre, cabrón". Mi esperanza de que después de eso se agarren a golpes y por fin se acabe la guarapeta, se ve frustrada. Ni modo, regreso a mi cama.
Es más de la una de la mañana y busco el libro que dejé pendiente de Savater, la vida eterna. Intento retomar el hilo donde me quedé, y trato de seguir sus disquisiciones en torno a la laicidad, el ateísmo, el fanatismo, el confesionalismo, entre otras cosas. Comparto esa búsqueda eterna de hombres y mujeres por los referentes espirituales, de la necesidad de la certeza de la vida y de la muerte, del más allá y de cómo, en consecuencia, se administran la moral, las conductas, las reglas, en el más acá. Asume una postura crítica, contra las imposiciones y las pretensiones de verdad absoluta que, a fin de cuentas, nos dan seguridad. Una inquietud me queda: cómo compaginar lo espiritual y las necesarias normas de conducta, desde una postura racional, nunca acabada, siempre abierta, incluyendo, por supuesto, la compasión, la gratuidad, y la pasión de la que más tarde hablaría con mis alumnos en clase.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

bueno, noto en sus escritos elocuencia y sencilles... Relatando las vicisitudes, como triviales sucesos, redefiniendo una vez mas que lo trivial resulta esencial. Por cierto ud cree en el sincor destino? del Dr Chopra?. Talvez eso explique la casualidad al toparme con ud.
atte: Mía Cambridge

Cobayo dijo...

Hay tantos escritores y tan poca vida para leerlos. Acabo de terminar "El jugador", del buen Dostoievsky. Agradable, cínica y muy agradable.
Le mando un abrazo.
Suerte con el inicio de semestre.