miércoles, 8 de agosto de 2007

Recuerdos chiapanecos

Antes de empezar, gracias Cobayo por leer mi blog y por el abrazo; tienes razón, son esos espacios que nos hacen ver la vida desde otro ángulo, y que a menudo pasan en medio de situaciones aparentemente inocuas. A mi lectora o lector anónimo también le agradezco su tiempo; me daban ganas de escribir con la condición de que me dijera quién es (la curiosidad mató al gato), pero mejor lo veo como una buena sugerencia para recobrar algo. Por eso hoy la entrada se llama como se llama, y me limito a transcribir algo que escribí hace más de diez años y se publicó hace como nueve con el título de "diario de un misionero", que es lo que era yo en ese entonces. Por supuesto, lo suscribo totalmente. Espero así corresponder. Saludos.

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En el autobús que hace el recorrido de Las Margaritas a Guadalupe Tepeyac -"el celeste"- a media tarde, voy entre sueños. Me extraña que hoy no me vean cara de extranjero los agentes de control migratorio en Zaragoza. Por ello no me solicitan, como siempre que paso por aquí suele suceder, una identificación que me acredite como mexicano. Sí le es requerida, sin embargo, a tres mujeres que subieron un par de kilómetros antes y a quienes imagino maestras, entre mis cabeceadas a causa de los incontables baches, frenazos y curvas propios de estos caminos margaritenses. Porque en esta ruta los únicos rostros no indígenas que se observan son, aparte de algunos rancheros de por el rumbo, los de las decena de maestros y maestras que regentean las escuelas de las comunidades. Minutos más tarde termino de despertarme con el olor de un perfume barato que el calor y el polvo del camino vuelven irrespirable. Y por la plática de las mujeres en cuestión, descubro que estaba yo en un error de apreciación. Dirigiéndose a algún paciente escucha, les oigo decir: "lo bueno de los soldados es que con ellos es rápido; van a lo que van..."; muestran sus preferencias: "aunque todos se drogan, los peores son los paracaidistas; se creen mucho"; y añoran el pasado: "con el general de antes era mejor. Este tiene miedo los periodistas"; o un mejor trato: "es mejor cuando la vienen a buscar a una. Pero todo por ganar un dinero." "Sí, somos mujeres de la zona..."
La de historias que, junto con la militarización y los retenes, nos han llegado en estos tiempos a Chiapas.
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Esta mañana, mientras desayunamos un plátano asado con una taza de café dulce y varias tortillas bien blancas, escuchamos las noticias. Dicen que los zapatistas no acudirán al diálogo, que exigen antes el cumplimiento de varias condiciones. Una vez más (¿cuántas van?) la incertidumbre se hace presente: ¿qué sigue? ¿hasta dónde llegaremos? Pero, platicando con la gente, esta cálida mañana no parece muy diferente de la del día de ayer.
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A la puerta de la cocina de los viejitos Elvira y Pancho, desgrano junto con ellos el maíz recién traído de la milpa. La cocina es la usual de por estos rumbos, muy pobre: un fogón con leña humeante, el molino de mano paa el nixtamal y unas cuanas ollas y cacerolas abolladas y ennegrecidas por el uso. Es todo. Cerca de nosotros, a mi espalda, los niños juegan a cantar canciones, recitan versos y bombas yucatecas y se divierten brincando el mar y tierra. Son ellos el Aarón, la Chopi, la Inés y dos o tres más cuyas caras risueñas no reconozco. Escojo las mazorcas con cuidado; los granos, apretados unos junto a otros, las hacen lucir hermosas. Hago una pausa para llevarme unos granos de elote tardío, asado, a la boca. Nana Elvira dice entonces, rompiendo el silencio casi sagrado que nos envuelve: "Qué bueno es Dios que nos sigue dando maíz en medio de nuestra pobreza." Bajo la vista hacia los granos que van amontonándose en la canasta y los encuentro más bonitos que nunca: los hay blancos, rojos, rosados, amarillos y hasta de un inusual color naranja. Y, viéndolos, comprendo con cuánta razón este pueblo es llamado "de las mujeres y los hombres de maíz".
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Un rostro más de la pobreza. En la casa del hermano Angel, mientras vamos a avisarle de nuestra presencia en la Comunidad, encontramos a la Irma, su hermanita. Tiene, según nos dicen, veinticinco años. No habla. Sus manos y sus pies, retorcidos, no cesan de moverse cuando advierte nuestra presencia. En su rostro brilla algo así como una chispa de alegría y se va dibujando una sonrisa. "El hermano David le mandó hacer el taburete donde está sentada, pero pasa casi todo el tiempo en la carreta que está afuera" -nos dice su mamá, resignada.
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Ya en la tarde, poco antes del anochecer, me pongo a contar las cadenas montañosas en el horizonte. Distingo cinco, que van desde el verde oscuro de la más cercana, hasta el gris descolorido que, al fondo, se confunde con el cielo y con las nubes cargadas de lluvia. Pienso entonces en los caminos caminados y en cuánto llega uno a amar estas montañas.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Soy tu lectora no importa... anónimo, no me conoce, llegué a su página por un compañero de trabajo suyo cuando estaba en slp, me dijo que visitara su página y la de otro que fué su jefe cuando trabajaba en su escuela creo, cuando le platiqué de mis visitas me dijo que en la experiencia con los pobres empezó a cambiar su corazón... y que tú habias tenido esa experiencia pero mucho mas profunda por chiapas... y veo que si, mi amigo es un tipazo, pero me pidió que no mencionara su nombre por lo de los temas delicados de los maristas, el ya no está trabajando con ellos, desde hace mucho, ahora que lo conocí ni siquiera me imaginaría que fuera católico, pero es una persona muy espiritual-humana... y veo que ud. también... mi pregunta es y el me dijo que no sabía...será el servicio a los pobres el inicio del camino?

Anónimo dijo...

continuando con mi comentario, y tratando de despejar su duda, le digo que me (nos) comparta lo que le dejó chiapas... no se limite en solo transcribir . se puede?