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Mi acercamiento a "los pobres" inició como una idea. Cuando me fui a estudiar con los maristas, sin saberlo, me alejé de ellos. Provengo de una familia que podríamos clasificar, si es que se puede, como de clase media baja. Teníamos casa, qué comer, vestir, pero sin lujos. Estudié en una escuela particular, si bien con un buen porcentaje de beca, y de niño fui a otro país en un par de ocasiones, los Estados Unidos, donde trabajaba mi padre. Después él se regresó a México y trabajó el resto de su vida laboral como chofer de su propio taxi. Mi madre terminó la primaria y fue siempre "ama de casa", a veces tejía y a veces vendía ropa americana en abonos y así se ayudaba y nos ayudaba. Mi padre prácticamente no fue a la escuela y ya de joven aprendió a leer y escribir. Ambos me decían que su herencia sería mi educación, que dinero para dejarnos no tenían. Curiosamente los dos mayores estudiamos, incluso un posgrado, y vivimos de ello. Los dos más jóvenes sólo terminaron la secundaria. Mi infancia la pasé en mi barrio, jugando todo lo habido y por haber: futbol, beisbol, trompo, yoyo, balero, carreras, estop, futbol americano, entre lo que me acuerdo. Casi siempre, al llegar la noche me echaban un grito y sólo entonces me ponía a hacer mi tarea, con el cuerpo sudado y las manos llenas de tierra, a veces descalzo. Lo disfruté enormemente. Mi madre, quien de vez en cuando se aparecía en la escuela para hablar con mis profesores, no tenía queja porque yo tenía una excelente memoria y me portaba razonablemente bien. No era siempre el primer lugar, como sí lo era mi hermano mayor, pero era un buen estudiante.
Retomo el hilo. En mis primeros años en las casas de formación (y de deformación, digo ahora) el tema de los pobres sólo apareció en la catequesis de los sábados que dábamos en colonias pobres, junto con dulces, estampitas, cantos con la guitarra y juegos de fútbol. En algún momento viví en una enorme casa con alberca semiolímpica y prácticamente siempre jugué fut en campos perfectamente empastados.
A mis dieciséis años, en Querétaro, inicié mis estudios de normalista. Mi director venía de Roma, pasando por un año en una comunidad "de inserción" en Oaxaca. Él fue el que nos empezó a hablar de los pobres. Inquieto como era, me puse a leer cosas que no entendía del todo pero que me fueron marcando, sin saberlo, el rumbo. Leí la espiritualidad de la liberación de Jon Sobrino, la eclesiogénesis de Leonardo Boff, entre otros que recuerdo. Insisto: no entendía mucho (me hacía falta la filosofía, pero yo todavía no lo sabía), pero me dieron argumentos para empezar a elaborar un discurso. Mis espacios de contacto con los pobres seguían siendo la catequesis de los sábados, la escuelita de verano, y sobre todo las misiones de semana santa. Se convirtieron en espacios de enorme gozo por la convivencia con la gente del pueblo, además de la posibilidad de vivir los afectos de una manera políticamente correcta. Seguí elaborando mi discurso en favor de los pobres. Me consideraba de avanzada y contra los conservadores, sobre todo porque en los que identificaba como tales veía una cerrazón para salir justamente allí, al barrio, a la comunidad, a encontrame con la gente común.
Siguió la etapa del encierro, de la que ya hablé en otra entrada de este blog. Confieso que casi se me olvidaron los pobres, aunque seguí siendo catequista y leyendo autores de avanzada, especialmente Leonardo Boff y algún texto de cristología y otros de eclesiología latinoamericana.
Más adelante incursioné, sobre todo por moda, en la pastoral juvenil, sin tener ninguna preparación, o casi ninguna, aunque yo no lo veía así. Fue doloroso pero ilustrador. Queríamos ir, yo y mis compañeros, a echar un rollo que pronto descubrimos absolutamente vacío a unos jóvenes pobres pero con mucha vida. Allí me di cuenta que no sabía nada de la vida. Por ejemplo, una de las chavas, excelente cantante y con un entusiasmo a toda prueba, nos contaba la realidad de su vida: limitaciones, pobreza, discriminación, machismo, alcohol, violencia. Aprendí, creo, que era mejor callarme y escuchar. Redescubrí los pobres, casi sin quererlo, y empecé a entender que una cosa era la idea y otra las historias concretas.
Fui de misiones ya en otro plan, sin mayor rollo que tirar, y no se me olvida una escena en una remota comunidad de la sierra. Allí me encontré a una profesora de primaria que, enferma, trabajaba con entusiasmo por sus alumnos, muy pobres. En las tardes me ponía a cantar con los niños y de alguna manera me enamoré de hacer eso, idealicé lo que hacía, el lugar, la gente. Recuerdo que por aquella época leí, y cómo lo disfruté, el evangelio de lucas gavilán y jesucristo gómez, de Vicente Leñero. Me veía yo como en una película, siendo el héroe, cambiando las cosas para bien. En el fondo, ahora puedo verlo, intentando borrar el dolor, la desesperanza, la oscuridad de la vida de otros.
Luego, curiosa que es la vida, me fui a la gran manzana, a Nueva York, a estudiar inglés. En algún momento pensé, malpensé, que me enviaban para que me olvidara de los pobres. Tuve discusiones muy interesantes con mis colegas americanos, sobre todo intelectuales. La mayor riqueza fue descubrir que el mundo era inmensamente más grande de lo que me habían enseñado y yo había visto. Aprendí, o empecé a ver, la sencillez de la vida cotidiana. Disfruté, por ejemplo, hacer la comida de vez en cuando; y entender otro idioma y acercarme a otra cultura desde adentro fue un gozo enorme, después de que a mi llegada no entendía prácticamente nada.
Mis primeros años de trabajo profesional fueron como profesor de primaria. Empecé en una escuela relativamente sencilla y luego me enviaron a otras más clasemedieras. Siempre busqué hacer algo, a veces con gran inconstancia, otras con más acierto, por los pobres. Los sábados seguía yendo a la catequesis, ahora complementada con otras cosas: pláticas a los padres y madres, clases de tejido o cosas semejantes, y así por el estilo. Seguía leyendo teología de la liberación y seguía argumentando que quería estar con los pobres. Mi ideal era, en esa época, formar una comunidad en una colonia popular y vivir de mi trabajo. Pronto descubrí que eso no era posible. No en esas condiciones.
Una experiencia más de esa época: estudiaba yo en los veranos en la salle en un programa chafísima dizque de actualización teológica, como le llamaban. Yo me peleaba con los profesores por sus visiones que me parecían anticuadas, conservadoras, retrógradas, etc. Algunos compañeros simpatizaban conmigo y otros no querían ni verme. Reprobé cristología porque en vez de ir a la salle me fui a un curso, también de cristología, al crt con los jesuitas. Así alimentaba mi discurso, mi vida, mis amistades, mis opciones. Ahora veo ese tiempo como un tiempo en el que me interesaba mucho convencer a los demás. Sentía que había descubierto la verdad y quería que, a fuerzas, todos coincidieran.
Aquí le dejo por ahora.
2 comentarios:
Sígale maestro, es impresionante como mi amigo habla muy parecido a ud, en contextos y situaciones distintas pero muy parecido...
No es sino hasta ahora que vengo aprendiendo a quedarme callado. En la universidad era soberbio. Todo lo que enseñaban lo aprendía rápido y me sentía con el conocimiento en la punta de la lengua. Ahora, a un año de haber egresado, enfrentándome a un trabajo que a veces me sobrepasa, voy entendiendo que en realidad no sé nada. Y a veces es tan reconfortante cuando tengo un libro al lado y puedo sacarle todo lo que necesito. Aunque no entienda la mayor parte. Un abrazo.
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