Antes que nada, acuso recibo de mi lector anónimo, que con razón me pregunta qué sigue. Lo que pasó es que ya me tenía que ir y no estaba seguro si el borrador lo podría rescatar después, así que opté por publicar la entrada con la idea de continuarla después, como hago ahora.
También quiero dejar constancia de la alegría que me causó el mensaje de Adolfo hace una semana, después de casi 20 años en que fue mi alumno en lo mi estreno como profesor de primaria. Cómo pasa el tiempo. Prometo pronto escribir algo recordando aquellos días. También escribiré algo más sobre Chiapas, como me pide mi lector anónimo. Con gusto.
***
También quiero dejar constancia de la alegría que me causó el mensaje de Adolfo hace una semana, después de casi 20 años en que fue mi alumno en lo mi estreno como profesor de primaria. Cómo pasa el tiempo. Prometo pronto escribir algo recordando aquellos días. También escribiré algo más sobre Chiapas, como me pide mi lector anónimo. Con gusto.
***
Sigue la fiesta del pueblo…
Pasa un grupo de jóvenes tlahualiles, y seguramente otros ya no tan jóvenes. Van vestidos con un pantalón de peto, todo amarillo, y abajo una playera blanca. Me llama la atención que la ropa es talla como XXXL o algo así, y traen entre su cuerpo y la ropa supongo que almohadas o algún relleno que les hace ver como esos gordos que abundan en los yunaites y que parecieran alimentarse exclusivamente de hamburguesas y refrescos. Pasan brincando y bailando. En medio de ellos va un cuate, vestido igual que ellos, conduciendo un triciclo de esos que se usan para repartir tortillas y otras mercancías a domicilio. Sobre el triciclo va un equipo de sonido activado por un acumulador de auto. Van cantando una canción de banda de esas que a cada rato se oyen a todo volumen en las calles del pueblo. Creo que la letra dice algo así como: “como me duele que te saquen a bailar”. Junto al aparato de sonido, una bolsa llena de cervezas y más cosas que no alcanzo a distinguir, pues pasan rápido. La cabeza de los jóvenes va cubierta con máscaras de látex, como las que se usan en jalogüin, la mayoría grotescas. Se nota que llevan buen rato caminando, brincando y cantando. Cuando pasan frente a nosotros algunos se levantan la máscara para refrescarse un poco. Otros aprovechan y corren a la tienda de mi tío y piden cervezas con las que llenan unos biberones de los que se usan para dar leche a los becerros que pierden a su madre. Las llenan, acomodan la mamila y siguen caminando y bebiendo. Otros llevan espuma en aerosol y cuando reconocen a alguien se acercan y le rocían la cara, el cuerpo, lo que pueden o lo que se deja. Hay quienes también avientan una mezcla de confeti y dulces que, claro, mis hijos y otros niños se apresuran a levantar.
Otro grupo, muy numeroso y como el anterior, mayormente de jóvenes, lleva también pantalón de peto y una playera color naranja, en la que destaca una leyenda que dice “no al aborto”. Por alguna extraña razón todos llevan el mismo número en la espalda, el 69, lo cual me hace sonreir. Al verlos no creo que sepan siquiera por qué el letrero al frente ni el número detrás, pero tampoco parece importarles demasiado. Su comportamiento es prácticamente el mismo que los del grupo anterior, pero en vez de grupo musical propio va detrás de ellos una banda de música de viento a la que contratan por cierto número de horas y le van pidiendo que ejecute una u otra canción. Esas bandas, por cierto, abundan en la fiesta del pueblo y vienen de todo el estado, sobre todo de la meseta purépecha.
En algún momento enfrente de nosotros se para un trío de personajes, dos de ellos trajeados, algo inusual en el pueblo, con micrófono en mano, de esos que tienen una esponja de color y un cubo en el mango. El otro, más joven y menos arreglado, trae una cámara de video pequeña, que ya enfoca, ya mira, ya la tapa y la apaga y luego la vuelve a prender. Evidentemente son de una televisora de algún lugar. Hacen algunas tomas de prueba con los tlahualiles tradicionales y luego entrevistan a los que parecen ser jefes de una de las bandas de música de viento. Ellos, en reconocimiento, ejecutan La Negra a todo lo que dan, mientras el de la cámara los filma. Después buscan con la mirada a alguien a quien entrevistar, alguien que tenga cara de aportar algo más que las ganas de beber, pues es lo que domina en esos momentos. Casualmente viene el profesor Chavo, ya bastante grande pero respetable como siempre, alguien que ha sido maestro de inglés de muchísima gente en la prepa y en secundarias del pueblo y que, supongo, ahora vive de sus rentas. Viene con un periódico doblado bajo el brazo, lo que evidentemente le da cierto aire intelectual: en mi pueblo nadie lee. Su ropa no es la más elegante, le conocí otra mucho mejor cuando yo era niño y amigo de su único hijo, y tampoco parece estar muy limpia ni planchada, pero eso no importa. En menos de lo que se lo piden, ya está sonriendo a la cámara y pronto está dando su opinión de cuanta cosa le preguntan los entrevistadores, pero con el bullicio y el ir y venir de la gente no alcanzo a escuchar lo que dice, a pesar de que está a no más de dos metros de donde estoy sentado.
El patrón sigue sin aparecer aunque se supone que por mi esquina pasaría temprano. Me alegro por ello y sigo disfrutando, con mi hermano menor, el californiano, los generosos vasos de scotch con agua mineral en las rocas. Con el calor y el ir y venir, es lo menos que podemos hacer. Afortunadamente no llueve, como a menudo ocurría cuando yo era niño. Recuerdo especialmente aquellas ocasiones en que mi hermano mayor me convencía de que saliéramos de tlahualiles y allí estábamos, con una buena bola de chavos del barrio. Nos poníamos pantalones cortos (en aquella época no les llamábamos shorts) y una máscara del luchador de moda, agarrábamos un palo de escoba y nos lanzábamos a recorrer el pueblo. Lo malo es que siempre llovía y acabábamos antes de tiempo, con frío y hambreados. Más valía regresar a casa.
Recuerdo también que en aquellas épocas algo que causaba mucha gracia era que algunos de los tlahualiles que desfilaban, los más atrevidos, se vestían como afeminados. Se ponían una peluca en la cabeza, se enfundaban en un vestido de mujer y se contoneaban por la calle, ante la risa y la burla de la gente, divertida, que parecía no sentirse ofendida.
Por la calle pasan vendiendo de todo: unos helados como en forma de chupirul, de vainilla y con una raja de ate que el vendedor saca de un bote grande, en moldes de lámina. Los mete en agua para que se aflojen y luego los medio envuelve en papel de estraza. Sólo por el placer de recordar corro y compro uno para mí y otro para mis hijos. También venden quiote con limón, sal y chile. Unos chavos que están junto a mí no saben ni qué es, son de fuera. Les explico de qué se trata y se animan a probarlo. Mi papá pide dos rodajas y me regala una, que encuentro sabrosísima. Venden un montón de cosas de comer: duros con chile, como les llamamos acá a los chicharrones de harina, elotes, cocadas que se ven deliciosas, raspados, entre muchas otras cosas. También juguetes: Fer compra un spider y Juan una pistola de plástico que avientas y le sale un papel que parece espantasuegras.
Ya se oye que viene el patrón. Como en los viejos tiempos, lo viene cargando un grupo de sus más devotos, los que cumplen mandas o los que tienen algún cargo en la organización de las fiestas. Viene precedido por unos patroncitos, en realidad adultos que llevan un pequeño caballo de madera, o la cabeza de éste, a su cuerpo, y vestidos como el patrón verdadero. Llevan machetes grandes de metal pero sin filo, y se enfrascan en escaramuzas con cuanto tlahualil se les pone enfrente, en una representación de la lucha de los moros contra los cristianos. Al chocar los machetes con los palos se oye un ruido agudo, metálico, como de campana, a un ritmo que se va intensificando mientras cambian de lugar y se encuentran una y otra vez. Al final, simbólicamente el moro acaba en el piso mientras los patroncitos son los vencedores.
Ya muy cerca del patrón, rodeándolo, algunas personas sostienen una cuerda, como apartando a los que realmente quieren ir cerca, de los demás en el jolgorio. Van más tranquilos, serios, con cara de devoción, y obviamente sin beber. Cuando era niño, al llegar a la esquina empezaba la ristra de cohetes y yo veía desde la azotea el humo de la pólvora quemada. Mi tía Estela, que murió apenas quince días antes, ya había pedido cooperación para los cohetes y se acercaba a aventarle confeti y a rociarle un pomo de loción, generalmente de buena marca. La gente le gritaba vivas al patrón y a la virgen de Guadalupe, se persignaba y guardaba silencio. Hoy poco queda de aquello. Si acaso la gente se levanta y al poco rato empieza a irse. Ya que pasó el patrón casi no pasa nadie. Después de un rato sólo van de regreso uno que otro desbandado, perdido o de plano borracho. La gente se baja de la banqueta y hace círculo con las sillas. Sigue la fiesta de mi pueblo. Es una mezcla de devoción, destrampe, socialización, diversión, consumo y no sé cuántas cosas más. Es la fiesta de mi pueblo.
Pasa un grupo de jóvenes tlahualiles, y seguramente otros ya no tan jóvenes. Van vestidos con un pantalón de peto, todo amarillo, y abajo una playera blanca. Me llama la atención que la ropa es talla como XXXL o algo así, y traen entre su cuerpo y la ropa supongo que almohadas o algún relleno que les hace ver como esos gordos que abundan en los yunaites y que parecieran alimentarse exclusivamente de hamburguesas y refrescos. Pasan brincando y bailando. En medio de ellos va un cuate, vestido igual que ellos, conduciendo un triciclo de esos que se usan para repartir tortillas y otras mercancías a domicilio. Sobre el triciclo va un equipo de sonido activado por un acumulador de auto. Van cantando una canción de banda de esas que a cada rato se oyen a todo volumen en las calles del pueblo. Creo que la letra dice algo así como: “como me duele que te saquen a bailar”. Junto al aparato de sonido, una bolsa llena de cervezas y más cosas que no alcanzo a distinguir, pues pasan rápido. La cabeza de los jóvenes va cubierta con máscaras de látex, como las que se usan en jalogüin, la mayoría grotescas. Se nota que llevan buen rato caminando, brincando y cantando. Cuando pasan frente a nosotros algunos se levantan la máscara para refrescarse un poco. Otros aprovechan y corren a la tienda de mi tío y piden cervezas con las que llenan unos biberones de los que se usan para dar leche a los becerros que pierden a su madre. Las llenan, acomodan la mamila y siguen caminando y bebiendo. Otros llevan espuma en aerosol y cuando reconocen a alguien se acercan y le rocían la cara, el cuerpo, lo que pueden o lo que se deja. Hay quienes también avientan una mezcla de confeti y dulces que, claro, mis hijos y otros niños se apresuran a levantar.
Otro grupo, muy numeroso y como el anterior, mayormente de jóvenes, lleva también pantalón de peto y una playera color naranja, en la que destaca una leyenda que dice “no al aborto”. Por alguna extraña razón todos llevan el mismo número en la espalda, el 69, lo cual me hace sonreir. Al verlos no creo que sepan siquiera por qué el letrero al frente ni el número detrás, pero tampoco parece importarles demasiado. Su comportamiento es prácticamente el mismo que los del grupo anterior, pero en vez de grupo musical propio va detrás de ellos una banda de música de viento a la que contratan por cierto número de horas y le van pidiendo que ejecute una u otra canción. Esas bandas, por cierto, abundan en la fiesta del pueblo y vienen de todo el estado, sobre todo de la meseta purépecha.
En algún momento enfrente de nosotros se para un trío de personajes, dos de ellos trajeados, algo inusual en el pueblo, con micrófono en mano, de esos que tienen una esponja de color y un cubo en el mango. El otro, más joven y menos arreglado, trae una cámara de video pequeña, que ya enfoca, ya mira, ya la tapa y la apaga y luego la vuelve a prender. Evidentemente son de una televisora de algún lugar. Hacen algunas tomas de prueba con los tlahualiles tradicionales y luego entrevistan a los que parecen ser jefes de una de las bandas de música de viento. Ellos, en reconocimiento, ejecutan La Negra a todo lo que dan, mientras el de la cámara los filma. Después buscan con la mirada a alguien a quien entrevistar, alguien que tenga cara de aportar algo más que las ganas de beber, pues es lo que domina en esos momentos. Casualmente viene el profesor Chavo, ya bastante grande pero respetable como siempre, alguien que ha sido maestro de inglés de muchísima gente en la prepa y en secundarias del pueblo y que, supongo, ahora vive de sus rentas. Viene con un periódico doblado bajo el brazo, lo que evidentemente le da cierto aire intelectual: en mi pueblo nadie lee. Su ropa no es la más elegante, le conocí otra mucho mejor cuando yo era niño y amigo de su único hijo, y tampoco parece estar muy limpia ni planchada, pero eso no importa. En menos de lo que se lo piden, ya está sonriendo a la cámara y pronto está dando su opinión de cuanta cosa le preguntan los entrevistadores, pero con el bullicio y el ir y venir de la gente no alcanzo a escuchar lo que dice, a pesar de que está a no más de dos metros de donde estoy sentado.
El patrón sigue sin aparecer aunque se supone que por mi esquina pasaría temprano. Me alegro por ello y sigo disfrutando, con mi hermano menor, el californiano, los generosos vasos de scotch con agua mineral en las rocas. Con el calor y el ir y venir, es lo menos que podemos hacer. Afortunadamente no llueve, como a menudo ocurría cuando yo era niño. Recuerdo especialmente aquellas ocasiones en que mi hermano mayor me convencía de que saliéramos de tlahualiles y allí estábamos, con una buena bola de chavos del barrio. Nos poníamos pantalones cortos (en aquella época no les llamábamos shorts) y una máscara del luchador de moda, agarrábamos un palo de escoba y nos lanzábamos a recorrer el pueblo. Lo malo es que siempre llovía y acabábamos antes de tiempo, con frío y hambreados. Más valía regresar a casa.
Recuerdo también que en aquellas épocas algo que causaba mucha gracia era que algunos de los tlahualiles que desfilaban, los más atrevidos, se vestían como afeminados. Se ponían una peluca en la cabeza, se enfundaban en un vestido de mujer y se contoneaban por la calle, ante la risa y la burla de la gente, divertida, que parecía no sentirse ofendida.
Por la calle pasan vendiendo de todo: unos helados como en forma de chupirul, de vainilla y con una raja de ate que el vendedor saca de un bote grande, en moldes de lámina. Los mete en agua para que se aflojen y luego los medio envuelve en papel de estraza. Sólo por el placer de recordar corro y compro uno para mí y otro para mis hijos. También venden quiote con limón, sal y chile. Unos chavos que están junto a mí no saben ni qué es, son de fuera. Les explico de qué se trata y se animan a probarlo. Mi papá pide dos rodajas y me regala una, que encuentro sabrosísima. Venden un montón de cosas de comer: duros con chile, como les llamamos acá a los chicharrones de harina, elotes, cocadas que se ven deliciosas, raspados, entre muchas otras cosas. También juguetes: Fer compra un spider y Juan una pistola de plástico que avientas y le sale un papel que parece espantasuegras.
Ya se oye que viene el patrón. Como en los viejos tiempos, lo viene cargando un grupo de sus más devotos, los que cumplen mandas o los que tienen algún cargo en la organización de las fiestas. Viene precedido por unos patroncitos, en realidad adultos que llevan un pequeño caballo de madera, o la cabeza de éste, a su cuerpo, y vestidos como el patrón verdadero. Llevan machetes grandes de metal pero sin filo, y se enfrascan en escaramuzas con cuanto tlahualil se les pone enfrente, en una representación de la lucha de los moros contra los cristianos. Al chocar los machetes con los palos se oye un ruido agudo, metálico, como de campana, a un ritmo que se va intensificando mientras cambian de lugar y se encuentran una y otra vez. Al final, simbólicamente el moro acaba en el piso mientras los patroncitos son los vencedores.
Ya muy cerca del patrón, rodeándolo, algunas personas sostienen una cuerda, como apartando a los que realmente quieren ir cerca, de los demás en el jolgorio. Van más tranquilos, serios, con cara de devoción, y obviamente sin beber. Cuando era niño, al llegar a la esquina empezaba la ristra de cohetes y yo veía desde la azotea el humo de la pólvora quemada. Mi tía Estela, que murió apenas quince días antes, ya había pedido cooperación para los cohetes y se acercaba a aventarle confeti y a rociarle un pomo de loción, generalmente de buena marca. La gente le gritaba vivas al patrón y a la virgen de Guadalupe, se persignaba y guardaba silencio. Hoy poco queda de aquello. Si acaso la gente se levanta y al poco rato empieza a irse. Ya que pasó el patrón casi no pasa nadie. Después de un rato sólo van de regreso uno que otro desbandado, perdido o de plano borracho. La gente se baja de la banqueta y hace círculo con las sillas. Sigue la fiesta de mi pueblo. Es una mezcla de devoción, destrampe, socialización, diversión, consumo y no sé cuántas cosas más. Es la fiesta de mi pueblo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario