Así le llaman, la fiesta del pueblo, de mi pueblo. Cuando un "fuereño" como yo va y lo ven los vecinos, así le preguntan: ¿viniste a la fiesta? sí, a eso vinimos. Y hete aquí que allí estamos, en primera fila gracias a que por la calle donde está la casa de mis padres, en la que crecí, pasa el patrón del pueblo.
Desde temprano la gente aparta su lugar. Sacan decenas, cientos de sillas de todos tipos: grandes, pequeñas, de madera, de aluminio, de plástico y, cosa curiosa, las amarran para que no se las lleven. La fiesta empieza como un desfile de los "tlahualiles". Así se les llama a quienes, por pagar una manda, por devoción o simple gusto, se visten con un traje al que le pegan pequeños tubitos de metal que suenan al ritmo en que van avanzando, con un sonido agradable, constante: chun, chun, chun, chun, chun. Cubren su cara con unas máscaras enormes, de un metro o más, consistentes en una careta hecha de cartón y adornada hacia arriba con plumas, espejos, estampas, chaquira, peluche o cualquier material que se pueda ocurrir. Son tan pesadas que llevan hasta unos mecates o cuerdas para agarrarlas desde arriba y que no se caigan. Nunca he desfilado yo como tlahualil, pero recuerdo haber visto en mi infancia cómo hacían las máscaras, a partir de un molde de su propia cara con periódico y engrudo, y cómo iban dándole forma, todos al parejo, en un trabajo artesanal que les llevaba semanas, si no es que meses. Al final, la imagen es muy elegante. Recuerdo haber visto grupos de más de cincuenta participantes, todo un espectáculo. Las máscaras eran tan grandes que tenía que ir alguien al pendiente de que no se atoraran en las "composturas", adornos que se ponían de un lado a otro de la calle, con tela, juncia, papel picado, o plástico, generalmente de un color distinto en cada cuadra.
Ahora que regreso quiero ver la fiesta con ojos de espectador, de extraño, casi de antropólogo. No juzgar, sólo ver. Veo que ahora los tlahualiles vestidos del modo tradicional son los menos, y los pocos que pasan casi ni tienen espacio para ir corriendo rítmicamente, como cuando yo era niño. Porque, además, cientos, miles de personas van caminando al mismo tiempo por las calles, saludando a conocidos y familiares que se encuentran por el recorrido. Se paran un rato a platicar si la ocasión lo amerita, y hasta se toman un refresco, cerveza, o el tradicional ponche elaborado con jugo de granadas agrias y otras frutas, con alcohol, claro.
1 comentario:
Y luego..............? estaría bien que subieras una fotos de tu pueblo, y que cuentes mas anécdotas de Chiapas.
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