Pienso hoy en esta tríada de palabras. A últimas fechas -¿por qué será?- pienso a menudo en mi edad, en que pronto diré, cuando me pregunten: "tengo cuarenta años". Lejos está la época en que un cuarentón me parecía, sin eufemismos, un viejo, aunque en realidad nunca me ha hecho ruido el tener más o menos edad, y menos el sentirme viejo, de bajada o mucho menos acabado. Y hoy menos que nunca. Me basta ver a mis hijos, su vitalidad, su afán por conocer, por descubrirse en el mundo, para entender que no me puedo quedar sentado ni cansado. Trato de mantenerme activo y, especialmente cuando voy pedaleando mi bicicleta y veo de reojo los volcanes, pienso en la maravilla que es estar vivo, sentir mi cuerpo, tener ganas de moverme.
La caminada, desde Chiapas, por otra parte, ha adquirido para mí un fuerte contenido simbólico. Sin esfuerzo me acuerdo (re-cuerdo) de los largos caminos de la montaña, y toda una serie de sentimientos, actitudes, sensaciones, vienen a mí: paciencia, ritmo, sudor, cansancio, aprendizaje, ganas, esfuerzo, solidaridad, convicción, calor, exploración, búsqueda, inseguridad, aventura, emoción. A pesar del lodo había que caminar, y no porque no quedara de otra, sino porque quería estar con mis hermanos, compartir trozos de mi vida con ellos, aunque fuera en silencio, como con frecuencia ocurría. No se me olvida aquella caminata nocturna entre Rosario y Veracruz, curiosamente porque estaba enojado con mis compañeros de equipo presentes en la reunión y no quería ni verlos. Acepté, de inmediato, la invitación de uno de los promotores a regresarnos en cuanto terminara el último "servicio". Caminamos a la luz de la luna, a ratos alumbrados por una tenue luz de lámpara de pilas, con poco lodo y poco calor, lo que hizo el trayecto de poco menos de cuatro horas algo disfrutable. De muchas maneras la caminada, el caminar, el camino, se incorporaron de manera casi natural a mi filosofía de vida. He andado de aquí para allá: he vivido en diez ciudades diferentes, en siete estados de la república además de casi un año en el extranjero. El yajkachil b'ej de los tojolabaleros me llamó la atención desde que pude descifrar su traducción: la vida es caminar, hacer camino, buscarle porque no hay nada hecho.
Me gusta estar solo y pensar, o hacer como que pienso. Y en esos momentos me pregunto una y otra vez para qué estamos, para qué estoy en el mundo. Nunca compartí de verdad las visiones que ponían al hombre (así de sexista) en el mundo para adorar a Dios. En el fondo siempre he estado convencido de la inutilidad de nuestra adoración, de nuestras oraciones, de nuestras alabanzas, como si a Dios le hicieran falta. Tampoco me convence la idea de estar en el mundo sólo para fines pragmáticos, menos aún el patético extremo de estar para acumular cosas y dominar. Pienso que, por lo menos para los que vivimos en el ritmo neurótico y esquizofrénico de las caóticas ciudades modernas, bastante tendríamos con disfrutar la vida. Por supuesto no me refiero a un hedonismo simplista que supondría que todo es pasarla a toda madre y nunca sufrir, como en una borrachera o en un viaje sicodélico permanente. No. Se trata, digo yo, simplemente de conservar la capacidad de asombrarme con las cosas cotidianas y a veces insignificantes. Se traduce en mi vida en tener tiempo para platicar con mi mujer y mis hijos, con calma, o con un buen amigo. O en la posibilidad de ver una buena película y pensar y hablar de ella. O de percatarme que desde la recta, cuando voy de regreso a casa, los volcanes lucen majestuosos. Y ante ello, simplemente guardar silencio y regocijarme. He decidido que esa puede ser una buena finalidad en la vida. Y soportar mis impaciencias y lo ruidoso y latoso que a veces me parecen los demás, casi hasta el absurdo. Por supuesto, leer y tomar café. Todo esto a pesar de que me digan que soy un existencialista. Quizá tienen razón. Así soy. Así me siento invitado a ser.
También voy descubriendo la necesidad, a veces la urgencia de reinventarme. No se trata, por supuesto, de negar mi historia, ni siquiera lo que no me gusta de ella. Sino de seguir explorando, conectando cabos sueltos, entendiendo y dejando sentir lo que aparentemente duele o no tiene lógica o está descompuesto. Y buscarle un sentido, como en la relación de pareja: la vida no nos es dada nada más así, sino que hay que aprender a vivirla, apreciándola, sintiéndola propia, acariciándola. Así, creo, es la vida.
2 comentarios:
que padre escribes compañero, será la edad, la experiencia, o la escencia?
tenho um amigo que acha que tu és estúpido que nem um calhau com olhos.
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