miércoles, 27 de junio de 2007

Me duele la espalda

Fue hace unos seis años, en San Cristóbal. Estudiaba yo entonces la maestría en Ecosur. Estábamos en casa de unos buenos amigos cuyo hijo cumplía años, creo que dos o tres. Ese día leí en un libro de medicina alternativaque ellos tenían, lo que significaba el dolor en la espalda, precisamente porque me dolía. Y vaya que me dolía en aquellas épocas: a veces no podía ni caminar. No recuerdo mucho de lo que el texto decía, quizá porque nunca he terminado de creer en lo que me parece interesante pero irremediablemente mezclado con charlatanerías de todos calibres. El asunto es que decía que el dolor de espalda tenía que ver con el miedo a cambiar, porque es como el gozne, donde la vida se dobla y se desdobla. Y vaya que a veces cuesta y duele enderezarse.
El asunto viene a cuento porque hace un par de semanas me desperté en Morelia con un dolor ya conocido en mi espalda. La claridad empezaba a colarse por una rendija entre la cortina y la pared junto a la ventana. Yo me había quedado dormido casi sin querer, después de no sé cuántas cervezas acompañadas de su respectivo tequila. Había estado también cocinando la discada, una deliciosa mezcla de diversas carnes estilo norteño. Por supuesto, el calor me llegó hondo.
En mis horas de insomnio (siempre he sido de poco dormir, excepto quizá en la adolescencia) me pregunté, como antes lo había hecho en la frontera sur, qué le debía yo a Morelia o qué me debía ella a mí. Aquí viví hace ya veintiún años, prácticamente encerrado, y cada vez que voy la mezcla de sentimientos viene en automático a mi cabeza y a mi corazón.
Algunas ideas pasaron por mi mente, en un estado como de semiconsciencia, pues no estaba dormido pero tampoco bien alerta, como si fuera una extraña prolongación de un sueño a medias, pero lúcido.
En ese encierro que entonces amaba, o creía hacerlo, sucedieron muchas cosas. Recuerdo que mis compañeros hablaban del amor y del perdón divinos. Yo volteaba a verlos y luego me veía a mí mismo y me ubicaba muy en otro lugar, como hablando otro lenguaje o habitando otro planeta, más frío, más racional, más otro. Pero había que hablar y terminaba diciendo algo para no quedar mal. Algo que, evidentemente, no sentía sino que sólo armaba para salir del paso.
Recuerdo que cada semana me sentaba en frente de una estatua humana. Empezaba, y casi nunca sabía cómo hacerlo, mi monólogo y mi sufrimiento. Era una reconstrucción de la historia, de mi historia, en voz alta, pero con un testigo incómodo. Recuerdo mi dolor de sentirme y saberme excluido, incomprendido, no escuchado, como un cero a la izquierda, y todavía me duele. Quizá es lo único rescatable de aquellas horas de monólogo que se convirtieron en tortura para mí. Desde entonces aborrezco las terapias psicológicas, las confesiones sacramentales y los choros de autoayuda. Prefiero sentarme con alguien que quiero, con un buen café o buen alcohol de por medio e intentar un diálogo sincero, hasta donde se pueda llegar.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Volver... a veces no sé si vamos en busca del tiempo perdido, o si el tiempo perdido es quien emprende la búsqueda por nosotros. A final de cuentas, el resultado es el mismo.
Un saludo