viernes, 11 de mayo de 2007

Ya son tres

Ya son tres mis amigos que, jóvenes, han muerto. (Al respecto prefiero no utilizar eufemismos tales como “se nos adelantaron”, “se fueron al cielo”, “ya no están entre nosotros”. La realidad es cruda e innegable: se murieron). Hace un poco más de un año fue Ernesto, exmarista, buen amigo de 40 años. Un par de meses después, Ramfis, uno de los más brillantes profesores que he tenido en mi vida, de 40 años. Hace una semana, Rocío, religiosa escolapia. No recuerdo su edad, pero quizá un par de años más.
De Ernesto recuerdo su relativa excentricidad y su hablar como arrastrando las eses. Pienso en él y lo veo concentrado, escribiendo con una letra siempre nítida, regular, casi perfecta, como escrita en las computadoras que entonces apenas iniciaban. Recuerdo también su apasionamiento y su capacidad para decir las cosas de frente, sin miedo a confrontarse y sin esconder sus argumentos. Pero me guardo para mí, sobre todo, su amistad a toda prueba. Lo fui a ver un día en que ya me decidí a ir a México expresamente para visitarlo en el centro médico de la colonia Roma del DF. Estaba, como hasta el final, perfectamente lúcido. Hablamos quizá un par de horas, como si nos hubiéramos visto la semana anterior. Menos de dos semanas después me avisaron que había muerto.
Con Ramfis me viene el recuerdo del calor húmedo, agobiante, del verano de Villahermosa. Allí, en una casa con árboles de almendros enfrente nos daba unas brillantes clases de maestría, aderezadas por su acento cubano, su pasión por las ciencias sociales y, ya en confianza, el placer que encontraba en la transgresión de las rígidas e hipócritas normas morales de las buenas conciencias. No se me olvida que un domingo nos invitó a sus alumnos, “los cualis”, a comer a su casa. Se pasó todo el día preparando una comida deliciosa, mezcla de china, cubana y seguramente tabasqueña. Por supuesto, la hielera estaba repleta de unas cervezas de lata holandesas, “las que encontré más baratas en Sam’s”, nos dijo en la plática. Pude en esa ocasión ver la cantidad de libros que llenaban varios libreros en cada cuarto de su casa. Abría uno, y otro, y otro… y todos estaban subrayados, con colores diferentes y con numerosas anotaciones en los márgenes. Me dolió cuando, al final de la presentación de mis avances del protocolo de investigación, en el que había trabajado semanas, me dijo que no les diéramos razones a los que despreciaban a la investigación cualitativa. Pero me hizo pensar, me tragué mi orgullo y reformulé mi planteamiento. Aprendí a hacer investigación. Recuerdo también, entre bailes de merengue y salsa, ya con bastantes cervezas encima, cómo platicaba de su visión de filósofo, de cubano, del comunismo, de Fidel, del Che, y de Cuba, su amor profundo. El día de la fiesta de despedida tuvo el detalle de regalarme una copia de La Distinción, de Bourdieu, su fotocopia de estudiante de la UAM, por supuesto subrayada y anotada. No se me olvida, tampoco, su invitación a animarme a construir categorías y nuevas tipologías en mi tesis de maestría. Realmente fue mi maestro. Por eso hace un año le dediqué mi ponencia de Teoría Fundamentada en el curso de verano de la ibero. Él me acercó a ésa y a otras teorías.
De Rocío recuerdo su amistad sincera y su búsqueda intensa por una vida religiosa auténtica, cuando yo era marista, hace ya unos quince años. Nos conocimos casualmente en un curso de verano en el CRT, al que me iba escapándome de La Salle, que aborrecía. Me acuerdo que siempre me invitaba a la fiesta de su comunidad, en agosto, en su casa de Tlalpan. Me encantaba su sencillez y el espíritu de familia que se respiraba. Cuando dejé a los maristas dejamos de vernos. Sólo una vez nos encontramos, ella, la Colocha y yo, en un Sanborn’s y tomamos café juntos. Después le escribí una carta, ya en plena época de los correos electrónicos, que nunca me contestó. Supe que estaba enferma y le llamé varias veces pero no tuve suerte. Se murió y ya no pude verla.
Y yo sigo aquí.

1 comentario:

Cobayo dijo...

Uno siempre sigue aquí. Morimos tantas veces estando vivos que lo de menos es morir para por fin estar muertos.
Un abrazo.