La semana pasada tuve oportunidad de ir a la sierra en un par de ocasiones. Primero fui a la Sierra Negra, al sur de Puebla, digamos que "en la colita", donde colinda con Veracruz por un lado, y con Oaxaca por el otro. Después de dejar atrás Tehuacán pasamos varios pueblos de lado gracias a un libramiento en bastante buen estado en el que se avanza rápido. El paisaje, en la parte rural, es árido y a lo lejos se ven las montañas como con heridas de piedras que parecen cortadas a mano. Se acerca uno y es maravillosa la población de cactáceas. Después de Coscatlán hay que doblar a la izquierda y allí, justamente, nos encontramos a don Gustavo. Él es papá de uno de los aspirantes a las becas de microrregiones (así les hemos llamado) y antes fue presidente municipal de Zoquitlán. Yo voy sorprendido, de verdad, por el cambio del paisaje, tan de repente. Las curvas son muy cerradas y tengo que concentrarme, aunque afortunadamente el pavimento está en bastante buen estado (todo lo contrario a lo que me esperaba, pero así es). Me maravilla la cantidad de encinos (Quercus spp, aprendí en mis clases de ecología en ecosur), muchos de ellos bien pegaditos a la carretera. Dice don Gustavo que no fue sino hasta hace poco, cuando era gobernador "don Melquiades", que la carretera se pavimentó. Que de hecho llega hasta Tlacotepec de Porfirio Díaz, como dos horas más adelante. Un rato después, ya tomando "un café" que me invitó a tomar, me cuenta que antes sólo en camionetas por la terracería, y que cuando llovía no había modo de entrar ni de salir. Y que más antes, todavía, no había de otra sino a pie, mientras yo me acuerdo tanto de las comunidades chiapanecas en la Misión de Guadalupe... jel ja lokoki, kala hermanoEn fin, aquí estoy. El bachillerato está provisionalmente en las instalaciones del DIF porque el edificio se les vino abajo con los huracanes recientes. En frente, una ladera bastante grande y bastante llena, todavía, de bosque, impresionante. Hicieron su examen dieciséis jóvenes, hombres y mujeres. Tardaron las tres horas y media que marcan como máximo, casi todos. Entre el hambre y el sueño doy mis cabeceadas mientras los chavos están embebidos en el examen: son ciento cincuenta preguntas y, por lo que alcanzo a ver, más bien difíciles. Pienso entonces qué pensaran estos chavos, por qué se acercan a las becas, qué idea de futuro habrán construido hasta ahora. Cómo viven en su casa, cómo se sienten, qué tantas posibilidades le ven a pasar el examen y obtener una beca. Miro sus rostros y siguen concentrados, sudorosos, callados. El salón tiene poca ventilación y estamos en una cálida primavera. Me paro en la puerta y alcanzo a ver para afuera. Todo, o casi, es silencio, y me alegro profundamente de estar aquí.
La otra salida fue a Cuetzalan, pero de eso escribo mañana.
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