miércoles, 25 de abril de 2007
Cuetzalan, en la otra sierra
Ir a Cuetzalan ha sido siempre para mí, al menos hasta ahora, un deleite. Más estas últimas veces: sin falta nos detenemos cerca de la vía que pasa entre Oriental y Libres y nos echamos unos tacos realmente de antología: tortillas recién hechas y una oferta irresistible de guisados. Yo prefiero los de moronga y los de carne de puerco en salsa roja acompañados de nopales o de frijoles. Con la barriga llena, el corazón contento y un plática que me hace hablar más de lo que quisiera pues sigo ronco, saliendo de una gripa, seguimos nuestro camino por una carretera de cuota pegadita a otra libre. Después de Zaragoza empieza uno a subir y la carretera se hace más estrecha y llena de curvas. De uno y de otro lado se ven los arbolazos enormes entre la vegetación tupida: pinos, encinos y liquidámbares, entre los que alcanzo a reconocer. Vengo por aquí y compruebo, con una tristeza casi romántica, como siempre en nuestro país, que la deforestación avanza y los claros son cada vez mayores, incluso en laderas que parecen enormes paredes de frontón. De cualquier forma, es bonito pasar por Zacapoaxtla, aún por el libramiento, y alcanzar a ver las casas colgadas, como en balcón, de los cerros, y todo alrededor bien verde que más arriba se vuelve azul del cielo. Sube uno y luego baja. Allí está el río y la antigua hacienda que la creciente se llevó casi toda en las lluvias del noventa y ocho. A un lado, "a unos quinientos metros", me dicen, está la cascada de La Gloria que hasta ahora me he quedado con las ganas de conocer, pero espero no será por mucho más tiempo. Casi llegando a Cuetzalan se deja ver la niebla y con el calorcito la humedad se siente en cada poro de la piel. A la entrada está el cebetis donde hemos citado a los jóvenes para su examen de admisión. En lo que llegan medio nos organizamos, preguntamos dónde están los salones, llevamos las maletas cargadas de exámenes, de hojas de registro y de respuestas, lápices, plumas, sobres... Repartimos a los jóvenes en tres grupos. En realidad debería decir las jóvenes, que son mayoría. Llegan menos de los que esperábamos: apenas unos cien, dos terceras partes de los que se habían anotado en las listas. Quién sabe a qué se debe, pero aquí estamos. Al final, mientras voy recogiendo los materiales en casi un ritual, pregunto a un par de jóvenes qué les pareció el examen. "Largo pero no tan difícil", me contestan ambas. Veremos cuando nos den los resultados. Pienso qué difícil será decidir a quiénes darles las becas. Después de todo, se trata de jóvenes, seres humanos, de sus planes, sus sentimientos, sus ilusiones. Me convenzo que tenemos que actuar con profesionalismo: analizar cada solicitud, tratar de averiguar qué tanto cada joven cumple con el perfil que esperamos. Cómo leeremos entre líneas, cómo interpretaremos adecuadamente, cómo ser justos en esos casos. Tenemos que conocerlos más, entrevistarlos, ir a sus casas, hablar con su familia. Y escoger. Lamentablemente, la educación superior no está todavía al alcance de todos en México. Y menos, de las indígenas. Y yo me alegro de estar aquí y de estar haciendo esto. Amén.
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