lunes, 26 de febrero de 2007

El silencio

Hoy muy temprano hablaba con mis alumnos sobre la hermenéutica dentro del curso de investigación cualitativa que doy en la universidad. Cuando vemos este tema me gusta hablar de Paul Ricoeur y de lo que él llama discurso y excedente de sentido. Lo entiendo, por una parte, como la imposibilidad de agotar un acontecimiento con un discurso, porque la experiencia va mucho más allá de lo que las palabras pueden captar. Pero al mismo tiempo, ponerle nombre a una experiencia es una posibilidad de interpretar la realidad, de compartirla y hacerla entendible para otros, incluso en otro contexto, en otro tiempo, en otro lugar, y para ello construimos discursos, articulamos frases, a veces hasta nos vemos tentados a inventar palabras. Son las paradojas de una realidad siempre cambiante, siempre retadora, siempre dinámica, que está enfrente de nosotros, que nos esforzamos por entender y nombrar, en la que nos hallamos inmersos. Y ni qué decir que nos sitúa de lleno en temas cruciales para la investigación: la verdad, la intención, y por supuesto, la realidad: ¿qué son? ¿con qué criterios? ¿cómo “atraparlas”? ¿es posible? ¿hasta dónde?
Llegué a mi oficina un poco después de las nueve de la mañana y me enteré que la pequeña hija de un compañero de trabajo, Toño, había muerto el día anterior, en un accidente de tránsito. Venía con su mamá y sus dos hermanitas. Ella murió y a las demás no les pasó nada. Me fui a misa a acompañar a la familia. Muchos compañeros de trabajo estaban allí, el rostro serio, callados, atendiendo la ceremonia. Pensaba yo qué se puede decir en estos casos. Las palabras, sinceras, me sonaban me sonaban sin embargo lejanas, frías, sin sentido. Me empeñaba en entender, así fuera un poco, qué significa que una niña muera, que una hija muera. Me acordaba yo de unas palabras de Carlo Coccioli en un editorial del Excelsior que Chacho nos leyó en el noviciado, en 1985, a raíz del terremoto de la ciudad de México. Decía más o menos (cito de memoria): “y allí estaba yo, con mis miles de libros leídos, sin saber qué decir, ante el sufrimiento de la gente”. Recordé también unas palabras que le escuché decir a mi padrino Fernando en alguna ocasión, en cuanto a que los hijos “los tenemos prestados por un rato”. Y allí está el asunto: cómo expresar lo que un hijo o una hija significan, si en cuanto nacen, en realidad desde antes, proyectamos en ellos y les cargamos tantas expectativas, nuestros miedos, ilusiones y añoranzas… ¿Cómo describir ese lazo que nos une, más fuerte que los genes, más allá de lo mucho o poco que nuestros hijos se nos parezcan físicamente?
Para entenderlo, sin entenderlo, a mí me basta quedarme parado viendo a mis hijos cuando están dormidos. Están aquí y antes no estaban. Son todo receptividad y silencio en su respirar acompasado, con alguno que otro temblor de vez en cuando. Los veo y me quedo callado. Comprendo lo que son y lo que han venido a ser en mi vida. Y al mismo tiempo me quedo en las mismas. Mañana, el mes que entra, o en un año, volveré a verlos en la semioscuridad, callado. Hoy están aquí a mi alcance para que me acerque a ellos, estire la cobija para que no pasen frío y les dé un beso en la frente, mientras siento su olor y lo respiro. Mañana, algún día, ya no estarán más, simplemente porque es la ley de la vida. Y me quedará tanto por entender. Hoy, mientras tanto, veo a Toño y a su esposa y a su hija muerta y no entiendo nada. No me queda sino guardar silencio. No hay más.

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